Sexo, revistas y mucho bronceador

El verano ha sido siempre sinónimo de altas temperaturas, tanto en lo climatológico como en lo referente a las relaciones entre personas que surgen en esta época del año. Pero algunos lo llevan mejor que otros.
Reconozcámoslo sin tapujos: a la inmensa mayoría de los hombres nos gusta el verano porque a las altas temperaturas y al buen tiempo propios de esta estación del año, le acompaña una disminución proporcional en la cantidad y volumen de ropa con la que las señoras y señoritas salen a la calle a lucir sus bronceados. ¿Nos estaremos volviendo un poco berlusconianos? No seré yo quien lo vaya a negar, pero me resisto a pesar de todo a considerarme una especie de enfermo sexual. Me gusta más presentarme como una víctima de esta sociedad que fomenta y premia el culto al cuerpo y con éste al sexo o mejor dicho, a la práctica del mismo.

Para los que peinamos ya alguna que otra cana o para los que quisieran poder tener que peinar algo, el cambio o la evolución que se ha dado en la sociedad en las últimas décadas en todo lo que tiene que ver con el sexo y el erotismo ha sido brutal. Esto es algo manifiesto que salta a la vista (¡y vaya si salta en algunos casos!), y por ello a los que hemos vivido esta revolución sexual, quizás nos afecten más que a otros estos cambios de estación y que provocan en nosotros calenturas veraniegas que sólo un baño en el mar es capaz de paliar y no siempre.

Por un lado, en la televisión, hemos pasado de tragarnos en nuestra pubertad todos los anuncios que echaban entre programas, deseando que en cada intermedio apareciera aquel anuncio de Fa, a aprovechar los anuncios para zappear por pura costumbre. Puede que ahora esos primeros anuncios con destape incluido nos parecerían de una inocencia absoluta, pero que para aquellos tiempos y para aquel público que los contemplaba entonces, venían cargados de un enorme erotismo. Creo que no es necesario ni describir cómo es la situación actual en la televisión en este sentido. Da igual que estemos en pleno horario infantil, de adulto o el día de la semana que sea, que como no estemos viendo el canal Disney, en el resto podemos encontrarnos un despelote hasta para vendernos una laca de uñas. Hace veinte años lo más que veíamos eran las piernas de las azafatas del un, dos, tres.

Recuerdo también cómo el kiosco era otro de esos lugares “clandestinos” donde cuando éramos niños podíamos encontrar alguna que otra fotografía de chicas ligeras de ropa. Eran tiempos de lo que en otros países se denominaban top shelfs, revistas que por su contenido erótico o pornográfico ocupaban los estantes más elevados para evitar así que fueran vistas fácilmente por los niños. Hoy, cuando nos detenemos con la excusa de echarle un ojo a la portada del periódico deportivo de turno, en realidad se nos van los dos hacia la infinidad de revistas en las que cuerpos photoshofisticados nos derriten las pupilas.

No hablemos de cuando llegaba el verano y la playa. De aquellos primeros topless, siempre de señoras de edad respetable (así nos parecían, ahora las llamamos maduras) se ha pasado a que en algunas playas lo raro es encontrarnos con quienes no practiquen el horneado de pechuga al sol. Y cuando llega el momento del yo te doy cremita, tú me das cremita, el bronceador pierde su esencia de protección frente a los rayos solares, para adquirir halos más bien propios de mantequilla en El Último Tango en París.

De verdad que no trato de juzgar si era mejor cuando todo era menos obvio o explícito, o ahora que prácticamente antes de abrir la pescadería tenemos todo la mercancía vendida. Lo único que yo buscaba con estas reflexiones veraniegas era de hacer algo de tiempo antes de irme a la playa a calentarme (en el buen sentido de la palabra) un poco.

¿Es grave doctor?

Fuente/soitu.es/

Posted: Julio 30th, 2009 under General.